Sólo le faltó el gol de otro bajito como el de Iniesta

14-07-2018

Dicen que los osos son los animales más solitarios. Morfológicamente, Dani Pedrosa es lo más alejado posible de estos bichos, aunque siempre ha transmitido una cierta sensación de soledad.

Tras su primer podio en el mundial, en 2001, me dijo que, en agosto, solía verme montar en moto delante del camping donde veraneaba. Le pregunté que porqué no me paraba. “Pasas demasiado rápido” me contestó, y yo le respondí que él nunca más volvería a un camping. Y no volvió. Diecisiete años después ha ganado tres mundiales, ha vuelto al podio otras 153 veces –53 en el escalón más alto–, y yo sigo pasando en moto por allí; ahora no tan rápido.

El camping ya no existe y su lugar lo ocupa un supermercado. El mundo cambia, pero ciertas cosas no. Como el ritual del adiós de los deportistas, que siempre suele interrumpirse de la misma manera, sean quienes sean y como sean.

Ocho minutos tardó el de Castellar en soltar la primera lágrima en su despedida. Siete más que su familia. El, el hombre solitario, esperó un poco en hacerlo, pero lo hizo. Porque también es humano aunque a veces parezca que esté lejos. Y no es que lo esté: es que es muy bajito. Y tal vez ahí estuvo el problema.

Dicen que siempre fue tan autónomo e independiente como un gato, aunque nunca supo caer como ellos, y tal vez ahí también estuvo el problema. Se ha hecho mucho daño a lo largo de su trayectoria deportiva, demasiado, y que a los 32 años diga que lo deja no es más que un ejercicio legítimo de parar tanta agonía llevada desde su soledad acompañada.

Está en su derecho. No reconocerlo, afear ahora su carrera por no haber conseguido la corona de la categoría reina, ningunearle llamándole segundón, recordarle –como si él no hubiera sufrido ya bastante– que a veces se quedó a un palmo de la gloria, es injusto, feo y mezquino.

He visto pocas retiradas tan dignas como la que nos avanzó Emilio Pérez de Rozas. Antes, a los reyes les llevaban al pudridero; hoy, algunos se van a engrandecer su fortuna a China, o a Turín. El se va a su casa. Y podría haberse quedado chupando del bote.

Lo deja un gigante que supo compensar con clase, estilo, y técnica, lo que su físico no le permitió. Lo deja uno tan grande, y solitario, como un oso.