Nunca hay lágrimas en la F1, excepto las de Massa

14-07-2017

Si no fuera por esa costumbre de hacer beber de su zapato a la gente, sería el yerno ideal con el que soñar. Y, sobre todo, el piloto que anhelan todos los equipos. Es rápido en cualquier circunstancia, combativo, fiable, con una imagen impecable, y un dominio de la situación -sin caer en la impostura- que es el sueño de cualquier técnico en marketing.

Es el piloto que ha sumado más puntos en las últimas carreras, y si bien su compañero de equipo le ha eclipsado en la mayoría de las tandas de clasificación, Daniel Ricciardo suma más puntos que Max Verstappen, que ha abandonado en cinco de las siete últimas pruebas.

Su único hándicap es que en la F1 no conoce otro universo que no sea el de Red Bull, pero al holandés le sucede lo mismo.

Se habla de una hipotética retirada de Hamilton; se especula con un cambio de aires de Vettel; no faltan quienes quieren colocar a Alonso en el lugar de Bottas o de Raikkonen. Y hay quien da por hecho que, esta vez sí, los de la bebida que te da alas no podrán cortárselas a Verstappen cuando este intente, otra vez, volar hacia Ferrari.

Que Sainz se vea retenido con ellos en 2018 es para algunos una maldición. Pero, teniendo en cuenta las opciones que pueda tener para el año próximo –las reales, obviamente, y no la “ciencia ficción” que han hecho algunos–, si el holandés o el australiano se fueran, lo que ahora parece un castigo se convertiría automáticamente en una bendición. ¿O acaso no consideran mejor subirse a un Red Bull que a un McLaren renqueante o un dudoso Renault?

Max y Daniel son los que, de verdad, tienen la clave de la próxima temporada.

En esta época solemos ver la clásica imagen del futbolista que cuelga las botas o que deja el equipo de su vida. Con lágrimas en los ojos, difícilmente la emoción les permite acabar su discurso de despedida. En la F1, ¿se dan cuenta de que nunca llora nadie (excepto Massa en su despedida anual) cuando cambia de escudería?

Aquí no se trata de quien quiere (o necesita) cambiar de aires, sino de quien realmente puede.